LA PUPILA. REIVINDICANDO LA REFLEXIÓN POR ENCIMA DE LO ETÉREO

La primera vez que supe de la existencia de La Pupila fue en 2012, en la vieja librería Oriente-Occidente, donde Julio Moses me regaló el Nº 24 que traía adentro una nota sobre la vanguardia uruguaya vista a través de las cubiertas de libros, escrita por Riccardo Boglione. En ese momento estaba en pleno proceso de realización de mi Libros argentinos. Ilustración y modernidad (1910-1936), acopiando materiales de todo tipo que pudieran enriquecer el trabajo, y Julio sabía que ese artículo me iba a ser de mucha utilidad, como en realidad lo fue. Pero me llamó también poderosamente la atención el resto de la revista, y no sólo sus contenidos concretos (una nota sobre el admirado Francisco Matto, una entrevista a Luis Felipe Noé, otra a Antonio Donabella, entre otras sorpresas) sino el concepto total de la revista, el espíritu que la trascendía y el muy cuidado diseño.

Cuando dos años después fui a Montevideo a presentar Libros argentinos, compartiendo mesa en el Museo Figari con los amigos Pablo Thiago Rocca y Riccardo Boglione, tuve la ocasión de conocer a Gerardo Mantero, quien entonces me hizo un regalo que pronto descubriría fascinante: un ejemplar de La Pupila. Los primeros seis años (2007-2013), un perfecto manual de humanidades, magnífico compendio de ensayos y entrevistas que transmite a la perfección, justamente, las virtudes de la revista: la reivindicación del pensamiento crítico más allá de la mera información, la posibilidad de lectura extensa y la reflexión, la apuesta por la cultura en general y el arte en particular, tamizado todo por la voluntad de sus editores, Oscar Larroca y Gerardo Mantero, de “recobrar el sentido del arte”. Y vaya si lo logran.

El paso siguiente, como lector-disfrutante, fue el ahondar en la sustancia: poder ver los números al completo, y bucear en sus contenidos, sabedor de que nuevos tesoros aparecerían entre sus páginas. Para un amante militante del papel lo idóneo hubiera sido poder contar con la respectiva colección (la que estimamos será joya futura de bibliofilia) pero nos conformamos -y tanto- con las versiones completas on line, demostrativas del bien calculado aggiornamiento de La Pupila a nuestros tiempos: una revista como “las de antes”, pero con todas las ventajas del presente, democratizada y globalizada en su difusión, teñida de un doble compromiso, con la historia y con la actualidad.

Esa democratización no se queda en la divulgación en sí de sus números; va más allá, y es carácter que enarbola con acertado orgullo: La Pupila, a través de sus editores, tomó la muy sana andadura de no adscribirse a tendencias determinadas, sino abrirse a las más diversas posturas estéticas, a convocar a un plantel de colaboradores de los perfiles más variopintos, a cimentar un espacio de verdadera libertad. Pero a la vez brindar a la expresión textual y al análisis estético permanentes homenajes, poniendo el acento en transmitir, en prácticamente todos sus artículos, una meridiana claridad conceptual en tiempos a veces no tan gratos para estos menesteres, sumidos como estamos en una era de hermetismos dialécticos e intoxicaciones del lenguaje, y en los que -y bien lo sabemos los historiadores del arte- muchos se mueven con la máxima de que “cuando no puedas ser profundo, al menos debes ser oscuro”. La Pupila destierra de un plumazo cualquier atisbo de encriptamiento, y apunta de manera decidida a proporcionar claridad a través de sus páginas. En otras palabras, asume naturalmente la misión de instruir en la percepción, el conocimiento y el disfrute del arte.

El proceso permanente de “retorno a las esencias” se sustenta en el tesón de los editores y colaboradores, en una lúcida estructuración de contenidos, y en un constante paseo por la contemporaneidad entendida en su sentido más lato, yendo desde los inicios de la modernidad a las nuevas tecnologías, pero pasando por el taller Torres García, el Madi, la promoción del arte o la museología. Y asimismo el dibujo y el diseño gráfico, como temáticas de reflexión y como soporte de la propia revista en su aspecto físico, la fotografía, la poesía visual, el análisis de la ciudad, los vínculos del arte con la antropología y la filosofía, o la educación estética. La profundidad de campo queda registrada al advertir el amplio número de artistas rescatados del olvido, en varias ocasiones deslocalizados de su ámbito inicial, y siendo obviados de la consideración tanto en origen como en destino. Todo cabe, armónicamente, en La Pupila.

Por debilidad propia, el último párrafo de esta “breve visión” personal que Gerardo Mantero me pidió redactara, la dedicaré a uno de los apartados que me parece fundamental en La Pupila, y que reaviva un género al que, nunca entendí bien por qué, los historiadores del arte hemos dado la espalda bastante más de lo debido: la entrevista. Las de La Pupila son de las mejores que, en cuestiones de arte, se pueden leer hoy en día. Y esto, claro, tiene sus razones: entrevistados selectos, con mucho para contar de sus acciones y disciplinas, pero abordados con preguntas inteligentes, las que, en relación causa-efecto, disparan también sustanciosas respuestas. Verdaderamente, y me perdonarán lo coloquial, no tienen desperdicio, enganchan de principio a fin. En algunos de los casos, inclusive, de personajes ya entrados en el invierno de sus vidas, nos atreveríamos a decir que la primera vez que los entrevistaron (o al menos la primera en muchos años) fue en La Pupila, y esas entrevistas ya han adquirido para esos personajes el valor de un testimonio intelectual definitivo.

La Pupila, ya desde hace tiempo y por suerte proyectándose con energía al futuro, nos lleva hacia esa gozosa obligación que es la de sumergirnos en sus páginas, para sorprendernos y enseñarnos. Estas virtudes, más las señaladas en este escrito y varias más, son emblemas de una tradición propia de la cultura y el arte uruguayos, de una modernidad siempre vigente y renovada, sumadas a la capacidad de los editores para hacer bien las cosas, con profundidad.